jueves, 12 de diciembre de 2019

Guerra en el Cielo III


(Amigo lector, en este epígrafe me pasé de 300 palabras por las citas bíblicas que tuve que hacer para tu beneficio. ~TDJ)

Una vez los bandos se solidificaron, el cisma entre los ángeles buenos y los rebeldes quedó confirmado. Los ángeles buenos siguieron creciendo en gracia hasta el máximo que Dios les concedía, mientras que los ángeles rebeldes seguían deformándose al rechazar las gracias que Dios les enviaba.
Finalmente, Dios actuó de dos formas. Primero dejó de enviarle gracias a los rebeldes. Ya estos estaban confirmados en la iniquidad y cada vez que rechazaban una gracia de Dios, más pecaban y más inicuos se tornaban. Para limitar el descenso al mal de estos ángeles, Dios dejó de hablarles, los dejó a sus voluntades.
Dios empezó aquí a actuar a través de causas segundas. Con un movimiento de su meñique – recuerden, Dios no tiene cuerpo, no tiene manos, esta forma de hablar es un antropomorfismo – para expulsar a Lucifer y a sus seguidores de su presencia inmediata. Y es aquí que surge el Ángel Miguel, tal vez uno de los ángeles más pequeños pero rebosante de gracia, de la presencia de Dios, como la causa segunda que Dios llamó a enderezar las cosas.
“Miguel” es un nombre que es a la vez una pregunta: «¿Quién es como Dios?» Es a la vez pregunta y desafío a Lucifer a quien la Iglesia le oye decir estas palabras una vez atribuidas al rey de Babilonia:

Subiré al cielo en lo alto; hasta las estrellas de Dios levantaré mi trono y me sentaré en el monte de la asamblea, en las regiones más distantes del norte. Subiré sobre las alturas de las nubes y seré semejante al Altísimo’ (Isaías 14:13-14, RVA 2015).

La guerra en el cielo termina con la expulsión de los ángeles rebeldes, ya demonios, por Miguel y sus huestes. Miguel fue como un David enfrentándose al altivo Lucifer con todo su poder:

Estalló entonces una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles pelearon contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles pelearon, pero no prevalecieron, ni fue hallado más el lugar de ellos en el cielo. Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua que se llama diablo y Satanás, el cual engaña a todo el mundo. Fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados junto con él (Apocalipsis 12:7-9, RVA 2015).

Los ángeles buenos entonces pasaron a ver a Dios como Dios es en sí mismo: la Visión Beatífica del Dios Uno y Trino. Los demonios cayeron a nuestro orbe recién creado, cargando su infierno dentro de ellos, llenos de odio y determinados a destruir la creación material.