lunes, 25 de noviembre de 2019

La Naturaleza Angélica III


Tengamos claro que los ángeles no son “mansos”. No son como los bebés rechonchos que vemos tan a menudo en nuestro arte occidental, sea católico, protestante o profano, mas nunca en el arte cristiano oriental. Los ángeles, cuando se manifiestan visualmente sin tomar forma humana, son recios, fieros. Cuando un ángel se manifiesta sin disfraz, quien los ve saben inmediatamente que es un ángel.
Los ángeles no son nuestros alcahuetes. Ellos viven para servirnos en lo que competa a nuestra salvación. No están atados a nuestros caprichos.
Los ángeles no son nuestras mascotas. En el orden del ser que se extiende desde una partícula elemental, a un átomo, por la naturaleza no viviente, por la viva, por nosotros y hasta Dios, los ángeles ocupan un escalón más alto, entre nosotros y Dios. En todo caso, nosotros seríamos sus mascotas. Que no lo somos alegra a los ángeles buenos y enfurece a los malos.
En este orden o cadena del ser, nosotros encontramos que los ángeles son unos seres fantásticos, seres inmateriales dotados de inteligencia y voluntad. Pero, imagínense cómo nosotros lucimos ante ellos: como frágiles nubecitas de átomos entrelazados en moléculas sumergidos en una alma espiritual e inmortal. ¡Somos polvo cósmico que habla, conoce y ama!
La Escritura nos indica que los ángeles han asumido una forma humana en varias ocasiones. Esa forma es un disfraz, sea porque los ángeles manipulan la naturaleza inerte para este fin, o porque se proyectan a nuestras mentes de esta forma con permisión divina. Enfatizo: aunque los ángeles son materiales respecto a Dios, son incorporales respecto a nosotros.
En el próximo epígrafe hablaremos de la prueba que Dios hizo pasar a los ángeles y qué pasó con los ángeles que la fallaron.