viernes, 1 de noviembre de 2019

Dios siempre ha sido Padre



Las primeras dos frases del Credo que recitamos todos los domingos y solemnidades durante la Santa Misa, dice: Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Hasta aquí hemos discutido la unidad de Dios y cómo esa unidad se comparte en Tres Personas en un acto único, sin principio ni fin, activo y siempre presente.

Confesamos que Dios es Padre. En la historia vemos que primero es Padre para un pueblo elegido que Él forjó de los descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob. Más tarde, vemos que es el Padre de Jesús de Nazaret de un modo único, exclusivo y sin igual. De esa relación única, Dios nos quiere hacer partícipes por favor inmerecido – la gracia.

Lo que es cierto en la historia también lo es en la vida íntima de Dios en toda su eternidad: Dios siempre ha sido Padre. La derivación eterna de su “Verbo”, estando siempre frente a Él, se le denomina “generación”. Como todo “acto” en Dios, este acto no tiene ni principio ni fin. Esto significa que Dios siempre ha sido “Padre” de su Verbo y el Verbo siempre ha sido “Hijo” del Padre.

Esta realización tiene consecuencias inmensas para toda la creación. «Paternidad» es un atributo absoluto de Dios y coextendido con su Ser eterno. En la naturaleza humana del Verbo encarnado en Jesús, Dios presenta, en las facciones de su Hijo, las mismas facciones de su Paternidad eterna. En pocas palabras, Jesús no solamente se parece a su Padre, si no que también lo refleja perfectamente.

Ya que Dios es Padre, la «paternidad» como tal está inscrita en el orden creado. Cada ser contingente tiene su “padre” y es a su vez, “padre” de otro. Todo lo que tiene origen, tiene un “padre” a quien reflejar, sea una roca, una mosca, o un ser humano.