lunes, 4 de noviembre de 2019

Dios Creador del cielo…



El Credo nos dice que Dios creó el «cielo». Pero, ¿qué querían decir los Padres de los concilios de Nicea y Constantinopla con esa palabra, «cielo»? Pues querían decir tres cosas. Primero, el cielo atmosférico. Es el cielo de las nubes, el de la lluvia y el viento, el de los fenómenos meteorológicos. El segundo cielo es el astronómico, en donde la luna, el sol y los planetas se movían. 

El tercer cielo lo ideaban más allá y por sobre el cielo astronómico: el tercer cielo es la morada de Dios. Este es el «tercer cielo» al que el apóstol San Pablo se refería cuando dijo que lo visitó (2 Corintios 12:2). Específicamente, este tercer cielo es Dios mismo. Él es lo que hace al cielo, «cielo» y por eso el tercer cielo no es espacial. Es Dios mismo y, por lo tanto, increado porque es Dios. El cielo que Dios creó entonces se refiere a los primeros dos niveles, al cielo meteorológico y al astronómico. Dios los creó, son sus criaturas.

Hacer del cielo y su contenido criaturas de Dios forjó una revolución en el pensamiento hebreo: eso «desmitologizó» los astros y las potencias atmosféricas, es decir, las degradó de ser dioses a ser cosas inanimadas bajo la soberanía de Dios. De un zarpazo, una gran gama de las deidades antiguas pasó a ser objetos cuyos cambios y movimientos obedecían leyes que Dios fijó, de acuerdo a sus propias naturalezas y finalidades. Todo en el cielo está bajo el dominio soberano de Dios.

Hoy día entendemos que ese dominio divino se extiende al universo entero de trillones de estrellas y galaxias y si hubiera una pluralidad de universos, a esos también. El universo de universos será algo enorme, pero es una mera canica entre los dedos de Dios.