martes, 15 de octubre de 2019

«Pruébame a Dios»



Todos estos argumentos que he discutido previos a la revelación dada en Jesucristo – y con excepción de mi propia experiencia de Dios – han sido argumentos derivados de la filosofía. Cuando digo “filosofía” me refiero a la reflexión racional acera de las cosas, sin la ayuda de la luz de la fe.

Ninguno de estos argumentos convencerá al escéptico entregado del todo a sus ideas. Este siempre les hallará faltas que este considerará mortales. Y su reacción a los argumentos desde la perspectiva de la fe, ni se diga. Peor todavía.

Casi siempre, en las discusiones eternas y circulares que he mantenido con ateos y otros escépticos se reducen a “pruébame a Dios y entonces creeré”. Cuando les pregunto qué tipo de prueba ellos darían crédito, algunos demandan que Dios se les aparezca y ya, o que Dios los mate en X minutos, o que, si cierto efecto previamente definido pudiera ser atribuido directamente a Dios y comprobado por métodos empíricos, creerían.

Pero como he argüido antes, Dios no es un ser como los demás. Él no puede ni ser examinado ni puesto a prueba arbitrariamente. Es parte de la definición de “Dios”, Él es infinito y eterno y nosotros somos nubecitas de átomos cósmicos, vivas gracias al alma que Él nos ha dado. No estamos en posición alguna de demandarle nada. Es como si un plancton demandase algo del mar. Sería un absurdo.

Tanto el ateo escéptico como el creyente fiel deben de atenerse a la manera en la cual Dios quiera comunicarse, y atenerse o no a lo que Él indique. El ateo podrá encontrar esto injusto, arbitrario y despótico, pero eso no importa. El plancton no le puede imponer nada a la mar.

Para el cristiano católico pruebas sobran, empezando por la Cruz de Cristo.