viernes, 4 de octubre de 2019

¡Objeción! (ó tal vez San Anselmo estaba en un error)


Ese argumento de que Dios no puede no-existir es uno de los más criticados de la historia. Mi aseveración es una paráfrasis del argumento ontológico de San Anselmo. Este definió a Dios como «aquel del que nada más grande [que él] puede ser pensado», y argumentó que este ser debe existir en la mente, incluso en la mente de la persona que niega la existencia de Dios. Sugirió que, si el mayor ser posible existe en la mente, también debe existir en la realidad. Si solo existe en la mente, entonces un ser aún mayor debe ser posible: uno que existe tanto en la mente como en la realidad. Por lo tanto, este ser más grande posible debe existir en la realidad (Fuente). Entonces, Dios existe.

Desde ese entonces, la filosofía occidental se ha dedicado a destruir el argumento de varias maneras. Kant construyó una objeción que encuentro meramente semántica, vaciando la palabra “existencia” de su significado. El filósofo inglés Hume redujo el concepto de Dios a la imaginación, al nivel de hadas y unicornios, alegando que porque algo se pueda concebir en la imaginación no necesariamente sigue de que deba existir. Al mismo Santo Tomás de Aquino no le gustaba y Anselmo fue su maestro.

Yo, sin embargo, creo que el argumento de San Anselmo es fuerte precisamente por su simplicidad lógica y su belleza estética, y estos, como las grandes teorías de la física, tienden a ser ciertas.

Repito, si entendemos bien lo que queremos decir con la palabra “Dios” no podemos si no concluir que existe. Y la idea de Dios no es una fácil de concebir. Ideas como omnipotencia o eternidad rebasan nuestra experiencia.

Entonces, ¿quién puso esas ideas en nuestras mentes? Dios mismo, para que podamos hablar de El.