lunes, 21 de octubre de 2019

La «Trinidad Económica» y su Relación con la «Trinidad Inmanente»


Mosaico en uno de los domos en la Basílica de la Inmaculada Concepcion en Washington, DC.
(Foto del autor)

Hablamos anteriormente de la «Trinidad Inmanente». Esta frase designa a lo que nuestro Dios Triuno es en sí mismo, algo que pudo haber quedado desconocido si no hubiese sido por la revelación de Dios en la Persona de Jesús de Nazaret. La próxima pregunta se sugiere a sí misma: ¿cómo es que conocemos a Dios en sí mismo y sabemos de su vida íntima compartida en tres personas?

Lo sabemos por la manifestación de la «Trinidad Económica» en la economía de la salvación en sus tres personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, una manifestación que nos demuestra las acciones, identidad y relaciones mutuas entre las personas divinas.

En este plan, Dios se nos revela primero como el Creador, más allá de toda compresión y perfección. Luego se nos revela abiertamente como el Dios que entra en una alianza personal con Abrahán, Isaac y Jacob y luego con el pueblo de Israel. A ellos, Dios les revela su paternidad

Entra luego Jesús, el Hijo Único de Dios, quien demuestra que la paternidad es un atributo eterno de Dios: Dios siempre ha sido Padre, porque el Verbo, su Hijo es Dios. En este plan, el Hijo vino a salvarnos.

El Espíritu Santo es quien nos da vida. Su labor ya se ve en la creación en donde revoloteaba sobre las aguas. Él creó, de María, la singular naturaleza humana de Jesús unida al Verbo. Y en Pentecostés, forjó la Iglesia. Al Espíritu Santo se le atribuye nuestra santificación.

La Trinidad inmanente surge de la económica: el Dios que se revela como Tri-personal es, de hecho, Tri-personal. Y aunque a las tres Personas se le atribuye individualmente estas tareas, por ser Dios quien es, todas las Personas trabajan en el acto de la creación, salvación y santificación.