miércoles, 16 de octubre de 2019

La Divina Danza

Perichoresis illustration courtesy of Wikipedia
Hablamos anteriormente del dato de la revelación que nos informa que en Dios hay tres personas divinas a las cuales llamamos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. También vimos cómo y con cuáles limitaciones podemos hablar de Dios afirmativamente y cómo las palabras caen cortas ante la realidad de Dios.

Hablemos de la simplicidad de Dios. Dios es “simple" – no tiene cuerpo, no tiene “partes” ni composición química alguna. Todo Él es Él. Usamos el lenguaje de la analogía para describir como es Dios en sí mismo – la Trinidad inmanente. 

En Dios todo es igual excepto en la distinción de sus relaciones internas: el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, pero no hay tres dioses, solamente un Dios. Todos son en su plenitud esa simplicidad eterna y sin fin que es Dios. 

No solamente eso, sino que cada Persona de la Trinidad cohabita en la otra – recuerda, las Tres Personas son «Dios». Así, el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre; el Hijo están en el Espíritu Santo y el Espíritu en el Hijo; el Padre está en el Espíritu y el Espíritu en el Padre. 

Esta cohabitación o coinherencia entre las Tres Personas recibe un nombre técnico en la teología: en griego es perikoresis; en latín es circumincession. Estas palabras significan literalmente “rotación”. Pero no es la mera rotación de una rueda mecánica. Es, más bien, la rotación de personas tomadas de la mano y danzando en un círculo. 

Podemos imaginar entonces, que en la vida íntima de Dios se celebra una danza eterna entre las Tres Personas de su Ser en la cual cada Persona se da plenamente a la otra.

La salvación consiste en unirnos a esta danza. De esto hablaremos más adelante.