martes, 1 de octubre de 2019

Dios II



Leía recientemente en un blog satírico que, durante un culto en una iglesia evangélica ficticia, el cantante principal de su grupo de adoración pidió a Dios en su canción un número de veces que “revelara su gloria”. Y Dios concedió la petición, revelando una fracción de su gloria. De acuerdo al parte satírico, los sobrevivientes describieron cómo el templo desapareció, dejando atrás un cráter, un edificio quemado, y cientos de muertos.

Pienso que hay cierta verdad en este parte satírico. Muchos piensan que Dios es un viejito con barbas blancas que se sienta en su trono como Júpiter o Zeus, bregando con la máquina del universo, mandando rayos y centellas en su cólera, y contestando una larga lista de peticiones, cuando quiere. 

Ese no es el Dios a quien yo conozco. El Dios que yo conozco es un fuego consumidor. Es decir, Dios es totalmente otro. La primera vía de aprender la noción de Dios es una de negación. Él es in-finito, in-mortal, in-efable. El rompe todas nuestras nociones de lo que es grande, amplio, bueno, misericordioso y justo. Sí, Dios es todo eso, pero en grado tan sumo que nuestros razonamientos, conceptos y percepciones no lo pueden contener. 

Por Él ser quien es, Él queda fuera de toda prueba experimental que los escépticos demandan para poder creen en Dios. Es por eso que no hay experimento que “pruebe” a Dios. Él es el gran in-probable. Nadie fuera de Él puedo probarlo y quien pretende “probarlo” usando evidencia experimental o es un necio, o participa de la naturaleza divina de algún modo, es decir, es un santo.

Si Dios se revelase en todo su poder y gloria el multiverso desmoronaría en la nada. Por eso es que Dios se reveló en su Hijo, hecho hombre y participante de la creación.