lunes, 30 de septiembre de 2019

Dios


Esto escandalizará a muchos, pero aquí va: sé que Dios existe. Lo sé con la misma certeza que sé que hay un árbol en mi jardín, que mi esposa me ama y que tengo cuatro nietos. En mi mente no hay debate y si alguna vez lo hubo ya calló.

Por años he escuchado los retos: ¿crees en Dios? Creer en Dios es como creer en Santa Claus o en unicornios o en el gran monstruo de espagueti. “Abre esa mente, chico” me dicen.

La única prueba que puedo ofrecer es la cruz, pero eso los escandaliza más.

Sucede que a Dios se le conoce amándolo y sólo amándolo. En la Biblia la palabra “conocer” muchas veces significa relaciones conyugales y es precisamente esa misma palabra con la cual denota el conocimiento que las criaturas racionales tienen de Dios: es un conocimiento íntimo en donde se intercambia amor entre dos personas: Dios y su criatura. Ese vínculo es incompartible. Cada cual tiene que buscar el suyo. El producto es esa certeza del amor que se da y recibe mutuamente. No es una ilusión. No es una alucinación. Es una certeza moral, concreta e inconmovible.

Quien no cree en Dios no ama así y mucho menos puede conocerle más allá de una forma meramente teórica y nocional. Esas trazas nocionales nos hacen saber algo acerca de Dios, pero no conocer a Dios. Sólo el conocimiento basado en la certeza del amor es sólido.

Entonces, yo sé que Dios existe porque lo amo y Él me ama. Compartimos una danza de dar y recibir, Él perfectamente siempre, yo no. Pero aun en mi imperfección mi amor no se malgasta. Dios lo recibe igual.

Dios es el fundamento de todo lo que conozco y sé. Conozco el universo porque conocí a Dios primero.